Asistencia a la Ruta de la Innovación 2026 del Laboratorio de Gobierno en Santiago.
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Ruta de la Innovación 2026: Resumen de una ida y vuelta por Santiago.

Hace unos meses fui invitado a participar de una ruta formativa para la innovación en el sector público, a través de la Escuela de Innovación Pública del Laboratorio de Gobierno —organismo dependiente del Ministerio de Hacienda— como actor convocante. Postulamos cerca de 300 personas y, finalmente, fuimos 180 los seleccionados.

Sólo diré que no fue fácil. Tomó unos veinticuatro días y seis horas desde que llegó la invitación hasta que se autorizó y programó mi asistencia a la sesión presencial. Para ello, intervinieron una decena de personas. La Ruta de la Innovación incluía sesiones de capacitación online y una sesión presencial de tres horas en la capital, lo que se transformó en el punto de discordia más difícil de sortear. Entendible por la estrechez fiscal, por el gasto eficiente, por el rédito para el servicio, etc. Razones no faltaban para cuestionar el sentido práctico de que un funcionario de un departamento provincial participara de una instancia a nivel nacional. 

Ahora, si pienso en los 300 postulantes y 180 seleccionados, me llena de orgullo no haber desistido de la idea. Hubo que redactar varios correos con la justificación de mi asistencia, pero al parecer valió la pena. Se pudo viajar y participar de la sesión presencial. Aquí comienza el relato de una ida y regreso espresso a la capital.

Salida.

Partí desde la oficina al aeropuerto a eso de las once y treinta, para volar dos horas más tarde rumbo a Santiago. Todo coordinado. Gracias al apoyo del equipo regional, pude gestionar cometidos, pasajes y demás detalles. A mi llegada, un transfer me llevó directo al lugar donde fijé mi breve estadía. Me quedé en el centro, cercano a la Alameda y la estación de metro UC. Intercambié breves palabras con Marta, colega de Antofagasta que estaba muy al pendiente del aluvión que se había producido esa misma mañana en el norte del país. 

Luego de comentar, en general, detalles de nuestra estadía en la capital, comenzaba la primera cita del itinerario: la invitación de Pedro, ex compañero de colegio con el que ya nos habituamos a compartir, cada tanto, un café conversado. La última vez que compartimos en Osorno, fuimos a Lucky Point, la cafetería de Lucas, que destaca por preparaciones, atención, calidad y espacio. Ahora, con Pedro de host, yo sólo necesitaba disponer de tiempo para disfrutar. 

La cita inició en la estación UC dominada por la escultura en acero “El viaje”, del escultor Osvaldo Peña. El sitio web de Metro cuenta que la escultura, pensada originalmente para la estación Pedro de Valdivia, termino “viajando” a su destino en UC. Mágico. Luego de contemplar la escultura y tomar fotos de provinciano al arte capitalino, de pronto apareció Pedro, que acompañó mis intentos de pagar con “Bip!” para pasar el torniquete y avanzar al vagón con santa paciencia. 

La estación de destino despertó esa sensación de sincronías extrañas de las que habla Mihály Csíkszentmihályi. Estación Tobalaba, anunció el parlante y mis recuerdos se remontaron a otro momento feliz, en Alerce Literario de La Unión, leyendo un microcuento que terminaba justo aquí, donde comenzaba a caminar con Pedro. Le expliqué algo de lo especial que resultaba para mi transitar por esta estación, mientras caminábamos rumbo al barrio de altos edificios y precios de un mundo que no habito.

Pedro, Andrés y Artemisa: mixología mítica.

Llegamos a Artemisa y Pedro preguntó por su reserva. La anfitriona, con una cálida sonrisa, nos pidió acompañarla por una escalera angosta, cuidadosamente rodeada de un intenso color negro, que servía para destacar un neón en la pared animando a continuar el camino: 

Hicimos caso y nos instalamos en una mesa con vistas al exterior y a la barra. 

Pedro me dio las opciones y elegí mirar una Marzocco amarilla de dos grupos, y la barra, que tenía una decena de pitchers para texturizar, algunas v60, sifón y utensilios de un sinfín de métodos que no probé, pero que quedarán en mi retina y en la lista de cosas por hacer. Habrá que volver. 

Llegó nuestro anfitrión a darnos la bienvenida con un vaso de agua y una cortesía de la casa, un pequeño espirituoso con toques de limón, además de relatar un resumen de lo que la carta expone en extenso y que pretende ser el motto del Coffee & Cocktail Bar: la mezcla entre una barra cafetera de especialidad, con más de una treintena de variedades tostadas por ellos mismos y la mixología y curatoría de diferentes vinos, piscos y destilados de la casa, acompañados de la cervecería Loa y sus propuestas que recorren desde una Hazy IPA hasta una intensa Stout.

Pedro pidió un Ganoush en honor a Démeter. Las notas de ingredientes variados como la berenjena, menta, almendras y un exquisito aceite de perejil, acompañaron perfectamente a mi espresso y el “Coffee-Party” de Pedro: cold brew con 24 horas de reposo, licor 43, Campari y Vermouth. Le acompañé con un Carajillo, mientras llegaba Andrés, otro de mis ex compañeros de colegio, al que no veía desde la licenciatura, allá por 2002. 

La noche tomó su curso entre conversaciones, la degustación de las preparaciones del bar y las historias de vida de tres cuarentones en diferentes etapas del ciclo vital, pero que confluyen en intereses por lo simple y duradero, la conexión humana y el vínculo que genera una conversación honesta. Hablamos de la organización de los tiempos, las rutinas, las mascotas, la vida en comunidad. 

Actualizadas las historias, seguimos disfrutando los sabores de la diosa y las atenciones de sus sacerdotes y sacerdotisas, con una compañía envidiable de electrofolk que me recordó el DJ set que Matanza presentó en Puerto Varas y Osorno en el verano que recién pasó. 

Recién unas cinco horas más tarde, los dioses griegos nos devolvieron a la noche santiaguina, no sin antes hacer unos cuantos registros del encuentro para el recuerdo, la posteridad y la pequeña comunidad sanmateína reunida en WhatsApp hasta hoy. Subimos la escalera mecánica del MUT sólo para bajarla enseguida con la cariñosa pero estricta disciplina de la guardia de seguridad. Recuerdos de mamá, ante tan digna señora. 

Fuimos entonces al metro, mientras divagaba frente a Pedro y Andrés respecto de mi admiración a sus rutinas y la exigencia de la ciudad. Reconozco que, como pueblerino, como sureño y osornino, no me sería nada fácil renunciar a llegar caminando a todos lados, al almuerzo en casa, en familia, a pasar a ver a Ada y las hijas cada tarde antes de partir a hacer clases, ni a la satisfacción de demorar menos de media hora a todos los lugares que por rutina, disciplina y rigor, debo frecuentar a diario. Despedimos a Andrés y luego me despedí de Pedro, agradecido del alto nivel del encuentro y la invitación.

Bajando del metro, mis pasos se dirigieron al departamento, no sin antes disponer la alimentación del desayuno del día siguiente. Al llegar, noté que mi compañera de espacio ya estaba en su pieza con la luz apagada, descansando. No habría conversación, salvo la de un par de minutos a la mañana siguiente, cuando cada uno tomara destino fuera del departamento a nuestras obligaciones. Llamé a casa para ver los rostros de Ada y las niñas, quienes escucharon con paciencia el detalle de la primera jornada finalizada.

Amunátegui 232, piso 12.

Inicié a eso de las siete de la mañana, con el sol bañando el Santa Lucía. Despejada la vista y el sueño, desayuné más sano que casi nunca y dispuse los pies al camino, pasando a ver a Neptuno y su fuente, que, lógicamente, me recordó lo bien que lo había pasado la noche anterior en el bar. Seguí el trayecto de manera pausada y calculada para llegar con justos cuatro minutos de antelación al Laboratorio de Gobierno, en pleno centro de la ciudad. 

La jornada comenzó temprano, luego de un proceso de acceso al edificio mediante un código QR previamente enviado vía email a nosotros, los participantes. Tras el control de ingreso, subí al piso doce. Al llegar, lo primero que llamó mi atención fue el espacio: luz natural abundante, una distribución abierta, mobiliario flexible y una estética que podría describir como una mezcla entre brutalismo contemporáneo y minimalismo funcional. Todo parecía diseñado para favorecer algo que muchas veces escasea en nuestras organizaciones: la colaboración espontánea. 

Comparé esa imagen con mi acostumbrada vista parcial en acero perforado al pasaje consistorial. Nada como un buen incendio para cambiar vidrios transparentes por la sensación de cárcel permanente que entrega el acero. Todo en el piso doce constituía un entorno preparado para generar conversaciones, con infraestructura física transmitiendo un mensaje claro: aquí las personas trabajan juntas. 

La bienvenida estuvo a cargo de Francisca Flores y Francisca Moya, quienes introdujeron los objetivos de la jornada y presentaron la bitácora de trabajo que nos acompañaría durante toda la sesión.

Los tiempos se respetaban. Las instrucciones eran claras. Las transiciones entre actividades eran fluidas. Cada facilitador sabía exactamente qué hacer y cuándo hacerlo.

Me dio mucho gusto observar un sistema de trabajo coordinado, disciplinado y al servicio de las personas. Me resultó casi esperanzador. Pensé varias veces durante la mañana que, si queremos construir un mejor Estado, probablemente debamos comenzar por construir mejores experiencias de trabajo. Y eso fue precisamente lo que encontré allí.

La metodología propuesta nos invitó a trabajar sobre problemas reales de nuestras instituciones. En mi caso, decidí abordar una situación que he observado durante años en distintos espacios de trabajo y, en particular, en mi rol como encargado de la inducción a los nuevos colegas:

“Los nuevos funcionarios de […] evidencian una curva de aprendizaje técnica lenta y, en ocasiones, entregan información incompleta o errónea a la ciudadanía debido a la existencia de asimetrías de información y a procesos de inducción insuficientemente estandarizados y actualizados”. 

Y claro; más que un problema administrativo, lo entendí como un problema de servicio; porque cuando una persona llega a una oficina pública buscando una respuesta, no distingue entre procesos internos, organigramas o manuales desactualizados. Sólo percibe si la atención recibida fue útil o no.

Por eso, durante la jornada trabajé en torno a diversas preguntas:

  • ¿Cómo podríamos mejorar el sistema de inducción para el nuevo funcionariado?
  • ¿Cómo podríamos reducir la curva de aprendizaje inicial?
  • ¿Cómo podríamos fortalecer una cultura de mentoría y acompañamiento?
  • ¿Cómo podríamos rediseñar el onboarding institucional utilizando metodologías y tecnologías actuales?

Las herramientas utilizadas —incluyendo análisis de actores relevantes, árbol de problemas y ejercicios de formulación— permitieron aterrizar ideas que muchas veces permanecen sólo como intuiciones. El método derriba el sesgo y el juicio irracional.

Uno de los aspectos más valiosos de la jornada fue la posibilidad de contrastar el propio problema con realidades institucionales completamente diferentes.

Compartí conversaciones con colegas provenientes de organizaciones de características muy distintas. Mientras Pedro —sí, otro Pedro—, de una agencia dedicada a la promoción de inversiones extranjeras, describía los desafíos para acompañar integralmente el ciclo de vida de un inversionista; Kevin, funcionario municipal de Rancagua, relataba problemas asociados al trabajo aislado, la falta de coordinación transversal y las dificultades para generar una cultura colaborativa.

Si bien es cierto las problemáticas eran distintas, aparecía un hilo común: la innovación pública no siempre consiste en crear algo completamente nuevo, sino que a veces significa lograr que las personas trabajen juntas de una manera diferente.

Entre las muchas conversaciones de la jornada hubo una especialmente significativa.

Me encontré con Verónica Maureira, colega de Bienestar MINVU-SERVIU y una de las funcionarias seleccionadas. Compartimos un café mientras hablamos de los desafíos de Bienestar y de los proyectos que intentamos incorporar a nuestro trabajo cotidiano. Agradecí la coincidencia de conocer en persona a quien nos ha ayudado a concretar ideas que aportan a distender y entregar espacios de encuentro para mis colegas y sus familias. 

Hacia el final de la jornada realizamos actividades de juego de roles, ejercicios de observación y módulos asociados a gestión del cambio. Entre ellos destacó la presentación realizada por Pablo, facilitador y consultor del Laboratorio de Gobierno, quien abordó el cambio como un proceso no lineal compuesto por distintas etapas: meseta, precipicio, valle, ascenso y cima.

La reflexión resultó especialmente pertinente, con el énfasis de que innovar no consiste únicamente en implementar una idea. Innovar implica acompañar a las personas durante el tránsito entre un estado actual y un estado futuro que aún genera incertidumbre. Y en ese camino aparecen la negación, el miedo, la resistencia, la aceptación y, finalmente, el compromiso. Espero que, con mi idea y propuesta, la que seguiré iterando, pueda llegar en algún momento a buen puerto.

Más allá de las metodologías ágiles, los ejercicios colaborativos o las herramientas de análisis, me quedo con una idea sencilla: las instituciones cambian cuando las personas aprenden a conversar mejor. 

La innovación pública comienza cuando existe un espacio seguro para escuchar, cuestionar supuestos, compartir experiencias y construir soluciones colectivamente. La Ruta de la Innovación me entregó eso, a la vez que reforzó una convicción que he desarrollado durante los últimos años: detrás de cada procedimiento, cada manual, cada formulario y cada proceso administrativo, siempre hay personas, y cualquier mejora que busque transformar nuestras instituciones debe comenzar, necesariamente, poniéndolas en el centro.

Ricardo.

Luego de una cálida despedida y la descripción de la hoja de ruta futura a modo de feedforward, nos tomamos una foto en la exquisita terraza con vistas a la torre Entel y la ciudad y su ruido. Sonrisas, despedidas, bajada por el ascensor, QR para salir por un torniquete, aire capitalino y gente con miradas dispersas, perseguidas por su propia autoexigencia. Dispuse igualmente mis pies al camino, primero a una librería, luego a un paradero desde donde llamé nuevamente a casa para saludar y actualizar novedades y finalmente, al almuerzo con Ricardo, a quien no veía hace años.

Ricardo llegó exigido por el tiempo y las responsabilidades, pero llegó. Entramos a la añosa/hermosa Confitería Torres, donde compartimos café, comidas y hasta postre. Lo mejor de todo fue la conversación, donde pudimos, como siempre y obviando el paso del tiempo, reconectar con nuestras creencias, dolores, incertidumbres, certezas y proyecciones respecto de la vida, la familia y los tiempos que vivimos. 

El encuentro de larga conversación siguió su periplo fuera del restaurante, por la Alameda y el centro, viendo las múltiples manifestaciones de la furia santiaguina: la mendicidad, la venta del cuerpo acompañada de café, chinchineros que aprendieron de las batucadas nuevos ritmos para incorporar al repertorio, bocinazos, suciedad y la prisa de las grandes ciudades, acostumbradas al ritmo del que nada espera. De pronto, a punto de entrar a un timo de proporciones, un hermoso café que vendía una mixtura de arábica y robusta tostado a la italiana (o a la francesa, según me pareció a simple vista), Ricardo recibió llamadas y mensajes que lo devolvieron a sus urgencias. Rápidamente, aborté la idea de otro café, pedí un Uber y emprendí rumbo al aeropuerto.

Jaime.

Me despedí apresuradamente de Ricardo, en cuanto Jaime se detuvo en la plaza. Agradecido de que haya podido separar un tiempo para compartir su ajetreada rutina junto a mí, me despedí con un abrazo. Al subir, Jaime me pregunta quién era el señor del que acababa de despedirme. Le conté la historia completa. Casi 30 años de chats, llamadas, emails, compraventas, acuerdos, visitas, cafés y largas conversaciones. Resumir no fue fácil, pero vi a Jaime emocionarse cuando mencioné el valor que para mí tienen las amistades. Y es que venía de vivir una separación forzada de mi familia (de mi Adita, mi Su, mi Cata), y los amigos lo hicieron más soportable. Como dirían los de Liverpool, en su letra —que suena mil veces mejor en la desgarrada voz de Cocker—:

What do I do when my love is away?
Does it worry you to be alone?
How do I feel by the end of the day?
Are you sad because you’re on your own?
No, I get by with a little help from my friends.

Jaime me conversó entonces de sus pérdidas personales, de cómo no le duran los amigos. Me preguntaba cuál era el secreto. Tímidamente esbocé la idea de no cortar, de no quemar los puentes. De reparar, refaccionar, mejorar su construcción, por más difícil que esto parezca. Convinimos en la idea de necesitar de una confianza par, de decir las cosas de manera abierta y franca. De tener seguridad en que el otro no juzgará ni sobreinterpretará. De saber callar y acompañar. 

Llegamos al aeropuerto y, junto con los tickets, Jaime me entregó una serie de parabienes y bendiciones que no estuve a la altura de recibir sino con un tímido: “Gracias, igualmente, Jaime”.

Sala de embarque.

La ansiedad hace lo suyo y los registros de los aeropuertos también. Se siente el castigo de estar haciendo algo mal a la hora de quitar tus pertenencias, dejarlas al escrutinio y control de quienes deciden si eres objeto de un vuelo o no. Pasadas las barreras, el alma y los elementos materiales vuelven al cuerpo. La calma termina en la sala de embarque, donde empiezo a jugar mis opciones. El vuelo que compró mi servicio llegaría a Puerto Montt a eso de las diez de la noche. Un poco tarde para encontrar algo en qué volver a mi Osorno. Tal vez tendría que estar una noche más fuera de casa y volver al otro día. Nada estaba dicho.

De pronto, una figura conocida se sienta a mi lado, a la vez que me saluda, como salida de una ficción literaria. Una vieja conocida —otrora vocera hoy autoridad de la República—, me preguntó por la coincidencia: le conté, de manera resumida, lo que estaba haciendo allí. Al saber que llegaba a Puerto Montt sin tener planes de ruta, me ofreció una ayuda que sonó a sincronía y bendición: me llevaría hasta casa.

Mientras esperamos la hora del embarque, compartimos de nuestros afanes; le conté mi historia desde que me conoció hasta el presente. Nos habíamos visto en muchas oportunidades, pero más allá de saludarnos, no habíamos podido cruzar palabra que vaya más allá de la mera formalidad. Con todo, nos conocemos. 

Sabemos de qué lado de la vida estábamos y para quienes batallamos nuestras luchas diarias. Escuchó mi historia, hizo muchas preguntas y luego abordó, prometiendo esperarme en la salida del aeropuerto.

El vuelo fue tranquilo, con un suave aterrizaje y la previsión de una temperatura que distaba mucho del primaveral —acaso veraniego— Santiago que acababa de dejar atrás. La volví a ver, esperándome tras los cristales de salida. En Puerto Montt nos recibió una fría llovizna invernal. 

—Bienvenido al sur, m*********r—, me dijo el viento helado en la cara.

En el viaje a Osorno, fue hermoso escucharla hablar con pasión de sus defensas de lo que nos parece justo. Hablamos de trabajo y de la vida, del curso de los acontecimientos recientes, de nuestras esperanzas. Ambos, en proporción, estábamos haciendo algo destinado a la búsqueda de un bienestar colectivo. 

Junto a su amigo y conductor, pasaron hasta fuera de mi casa, donde esperaron a que el portón se abriera para desaparecer con una gran sonrisa, como quien ayuda a un amigo y se satisface en el hecho simple de ayudar. 

—“Me cambiaron la vida esta noche”— les dije, sinceramente agradecido. 

Y sorprendido. Porque a días de la experiencia breve, pero intensa que me deparó esta pequeña aventura (que hizo confluir mi perfil personal histórico y actual, familiar, profesional y relacional), no puedo sino recordar con una agradecida sonrisa a todas y todos con los que compartí esta pequeña parte de la vida, espacio, abrigo, pan y, por supuesto, café.

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